No existen dos maderas iguales
Cada tronco tiene una historia, y esa historia es la que hace que cada pieza sea única.
Con el tiempo aprendí que una de las cosas más bonitas de trabajar con madera es que nunca sé exactamente qué voy a encontrar en ella.
Una pieza puede tener una veta que cambia de dirección, un nudo, una grieta, una diferencia de color o una forma que el árbol fue construyendo durante años. Son detalles que no puedo fabricar ni repetir.
Por eso, cuando trabajo una madera, no intento que pierda esas características. Al contrario, busco descubrirlas y hacerlas parte de la pieza.
Lo imperfecto también puede ser hermoso.
Cuando creo un mueble artesanal, cada decisión nace de la madera que tengo frente a mí. Su forma puede determinar el diseño, una veta puede convertirse en el centro de atención o una marca puede terminar siendo aquello que hace especial a una pieza.
Mis manos intervienen, pero la madera también tiene mucho que decir.
Una pieza que no vuelve a existir
Creo que ahí está una parte importante del valor de lo hecho a mano.
Una pieza única no es solamente un objeto diferente. Es el resultado de una combinación que no volverá a repetirse: una madera determinada, sus características naturales, mi trabajo, mi tiempo y las decisiones que fui tomando durante el proceso.
Por eso, cuando termino una pieza, sé que no puedo hacer otra exactamente igual.
Y eso es precisamente lo que me gusta.
No busco fabricar objetos idénticos. Busco descubrir qué hace especial a cada uno.
Para mí, esa es la belleza de los muebles de madera artesanal: que cada pieza conserva algo de la materia de la que nació y también algo de las manos que la transformaron.




